Sobre este blog

Este blog está dedicado a: 1.- Publicar las listas completas de personas asesinadas o desaparecidas en las localidades de Campana y Zárate, durante el período 1974-1983. También se ofrecerá información sobre aquellos que, procediendo de dichas ciudades, fueron detenidos en otros lugares del país. 2.- Investigar y publicar sobre los centros clandestinos de detención que funcionaron en la zona. 3.- Confeccionar y publicar listas completas de represores y colaboradores de la represión en ambas ciudades. 4.- Denunciar las complicidades, de ayer y de hoy, de funcionarios públicos o privados, de políticos, de profesionales y comerciantes que se constituyeron en base de sustentación de la dictadura militar dedicada al terror y sometimiento de la población. 5.- Reflexionar sobre las causas y consecuencias en el orden local y nacional de estos terribles sucesos.

viernes, mayo 11, 2007

Retrato de un buen hombre



Carlos Fuentealba...... PRESENTE!!!





No hemos puesto nada sobre Carlos. Su muerte nos produjo una gran tristeza.


Mientras muchos hablaron y se rasgaron las vestiduras, permanecimos mudos con la bronca y la impotencia, no sólo por el camarada muerto, sino también porque no visualizamos, en nuestro horizonte cercano, posibilidades de modificar las condiciones materiales y culturales que permiten se sucedan hechos como este.


Sin embargo, no seríamos nosotros los que somos, si no dedicásemos a Carlos un pequeño espacio, si no intentásemos de alguna manera mantener viva su memoria.
Qué mejor manera de conjurar las sombras, en la que sus asesinos pretendieron y pretenden confinarlo, que apelar al recuerdo vivo de sus alumnos...


Justamente, hace unos días, recibimos este mail que acá reproducimos:






SOCIEDAD




La lección del maestro



Con el asesinato de Carlos Fuentealba,los chicos que iban al CPEM 69 de Neuquén perdieron mucho más que a un profesor. Los que fueron sus alumnos vuelven al aula en la que el docente dio las últimas clases y recuerdan a su profe con lágrimas y sonrisas: sus testimonios dibujan el retrato de un tipo solidario como pocos.
Mariana García------------------->
magarcia@clarin.com

Fue uno de los primeros viernes del año. Si el sol no daba tregua en ese mediodía, en el oeste pegaba sin piedad. Ismael pedaleaba su bicicleta por las calles de tierra mientras soñaba con un trabajo. "Cualquier cosa, cargando bolsas, yo no tengo problemas, es sólo para juntar unos mangos ¿vio?" La ecuación trabajo más colegio se le estaba haciendo pesadade sólo pensarla. Encima, ya había repetido primer año. Allá, en el oeste, todo parece más denso, el aire, el polvo, la vida. Y en eso andaba su cabeza cuando se encontró con Carlos Fuentealba: –Ni se le ocurra dejar el colegio –lo retó–. Si quiere le ayudo a conseguir un lugar en la nocturna, pero usted tiene que seguir estudiando. Siempre trataba de usted a sus alumnos.–Pero profe, ¿le parece? Con lo que me cuesta...–Póngase las pilas y déjese de parrandas. Yo lo voy a ayudar.Esa fue la última vez que Ismael lo vió con vida. Tuvo, en rigor, una última oportunidad. Pero pagaría por olvidarla. El profesor agonizaba en una cama de la terapia intensiva del Hospital Castro Rendon. El disparo de un policía le había destrozado la cabeza. Estaba hinchado y le habían rasurado el cabello. "Su pelo... ya no tenía su pelo. Cierro los ojos y lo primero que veo es su sonrisa y los dos mechones que se le caían para adelante." Ismael lo imita con movimientosde galán. Se fascina al recordarlo como si deseara más que nada poder copiar esa elegancia. Ismael Lignay tiene 15 años y el desparpajo de un adolescente alto que no sabe muy bien qué hacer con su cuerpo: "Lo que más me acuerdo del profesor es que te hablaba. Eso no lo hacen otros profesores. Cuando veía que alguien faltaba, enseguida averiguaba qué estaba pasando. Siempre venía y te preguntaba cómo estabas. Creo que lo que más me gustaba era eso, que te hablaba.
"La mañana del 4 de abril, Carlos Fuentealba partió con otros compañeros hacia Arroyito, sobre la ruta que conecta a la capital de la provincia con la cordillera. Los docentes –que llevaban un mes de paro– querían montar un piquete. Fuentealba había tenido cierta militancia gremial y sabía que en Neuquén muchas veces las protestas engendran violencia. No estaba convencido de la utilidad del corte, pero igual fue. Nunca pudo llegar a Arroyito. La represión les ganó de mano. Horas más tarde, su cuerpo se desangraba sobre el pavimento de la ruta 22, la misma donde diez años atrás –en otra protesta docente– fue asesinada de un tiro Teresa Rodríguez, una empleada doméstica que quedó en medio de la represión.El disparo del sargento José Darío Poblete fue certero. A menos de tres metros apuntó su pistola lanzagases contra el Fiat 147 en el que viajaba el profesor. Preparada para ser disparada a una distancia no menor de sesenta metros, la granada le hizo añicos la cabeza. Fuentealba agonizó durante horas hasta que a las once de la noche del jueves 5 de abril lo desconectaron del respirador. Ismael fue uno de los últimos en verlo, junto a Maximiliano Villegas y Johana López. Ninguno pudo decir nada. La mente se les quedó en blanco. Maxi sólo atinó a levantar su mano y acariciarle el rostro: "Le pasé la mano y le toqué los ojos y los cachetes. Ya no era él; tenía la carne blandita". Maxi extiende la mano como si otra vez estuviese en esa sala de terapia intensiva. No llora ni se le entrecorta la voz. Dice que ya lloró bastante y que se cansó de insultar a Jorge Sobisch frente a la gobernación. Pero el gobernador nunca pudo escuchar sus gritos. Tuvo que abandonar el edificio disfrazado de gendarme.
EN EL OESTE El CPEM 69 (Centro Provincial de Enseñanza Media) está ubicado en los confines de la capital neuquina, en el oeste, la zona más pobre de la ciudad y donde viven abarrotados dos tercios de la población de la capital. Es igual a todas las escuelas de la provincia, una barraca de ladrillos a la vista y techo de chapa verde. Como todo en el oeste, está construida sobre la barda, una mezcla de arcilla y piedras que forma pequeñas elevaciones sobre un suelo inestable. Allí, todos se habituaron a vivir con una grieta en casa. Allí, en esa escuela que no es un buen destino para casi ningún docente, docente,Fuentealba enseñaba matemática, física y química a los adolescentes del secundario y los adultos de la nocturna. Era uno de los pocos profesores que dejaba que las madres fueran con sus hijos.
Frente a la escuela se amontonan las viviendas más humildes de la Cuenca XV, un barrio que empezó como asentamiento pero en el que poco a poco se fueron levantando casas de material. Por atrás, el CPEM está rodeado de ranchos levantados con troncos y plásticos negros. El año pasado se quemaron quince antes de que alguien pudiera conseguir un poco de agua. La escuela es el último punto adonde llega la luz eléctrica. De ahí parte un tendido de casi un kilómetro desde donde se cuelgan los nuevos vecinos. Después, lo único que queda es barda, viento y polvo. Y también bolsas de basura. Muchas. Porque cuando las casas terminan, lo que empieza es un inmenso basural.A pocas cuadras de ahí está La Toma Norte, otro asentamiento de casillas de madera. Allí vive Ismael. Este año volverá a cursar primero, como quería Fuentealba: "Yo nunca lloré tanto en mi vida, fue peor que cuando me pega mi viejo, porque bueno... si hay que poner límites, alguna piña te tienen que dar. Cuando se murió el profe fue peor, porque eso me dolió de verdad. Creo que el profe me quería, porque se cagaba de risa con las huevadas que yo le decía".
En la Toma Norte también vive Valeria Reyes. Ella tiene 33 años y dos hijos. Terminó el secundario el año pasado. Cada noche, estudia para auxiliar contable. Por las mañanas trabaja como empleada doméstica. Apenas pueda, se va a inscribir en magisterio. Quiere ser maestra. "Como el profesor. Mi mamá siempre quiso que sea maestra porque ser maestro es como algo importante ¿no?... o al menos tendría que ser así, tendría que ser como un médico."
Valeria se enteró tarde de lo que le había pasado Fuentealba. El cable no llega hasta La Toma Norte y ese día el canal provincial siguió con la transmisión de la novela. De un aparador saca las fotos que le quedaron del profesor. Una, con el resto de los maestros. La otra, con su mejor amiga, Nidia, en la fiesta de graduación. "Me acuerdo que el primer día de clases él nos dijo: Si yo pude estudiar matemática, por qué no lo van a poder hacer ustedes?'. El no sólo valoraba el esfuerzo de que vos vinieras hasta acá, porque hay muchos profesores que dicen: 'Bueno, son pobres se están esforzando, así que con eso basta' y te aprueban aunque no sepas. Pero Carlos no; él quería que aprendieras de verdad. Yo pensaba que mi título valía menos que el de las escuelas del centro, pero Carlos siempre nos decía que no teníamos nada que envidiarles, que éramos tan importantes como los demás."
Carlos Fuentealba no tenía alma de líder. Antes que el centro prefería el costado y si era un poquito más atrás, mejor. No tenía frases grandilocuentes, de ésas a las que después muy pocos saben cómo llenar. Sus palabras eran simples. Sus alumnos nunca supieron de su militancia. Quizá porque no era una de sus prioridades. Quizá porque su militancia pasaba por otro lado.
"Si no había tizas, igual te daba clases. Te explicaba una y otra vez. Nos tenía una paciencia terrible. Más de una vez usaba las horas libres para explicarte lo que no entendías." Lo dice Paula Méndez, la cebadora de su curso. Cebaba amargos para sus compañeros y también para Fuentealba, uno de los pocos profesores que los dejaba tomar mate en horas de clase. El papá de Paula es policía, pero a ella poco le importó cuando el lunes 9 de abril cargó a su hermanito de ocho meses y se fue para el centro a protestar por la muerte del profesor. Fue la mayor marcha en la historia de una provincia que desde hace unas cuatro décadas está en manos del Movimiento Popular Neuquino. Treinta mil personas pidieron justicia y la renuncia de Sobisch. Recordaban que si bien el gobernador bajó a la mitad una desocupación que trepaba al 20 por ciento, en la provincia el empleo público explica a uno de cada tres trabajadores y la pobreza atrapa a más del 40 por ciento de los neuquinos.
Carlos Fuentealba vivía con su mujer, Sandra, y sus dos hijas en la última cuadra asfaltada de la calle Godoy, justo a dos kilómetros de la escuela. En el oeste. Hacía cuatro años que había empezado a dar clases en un secundario en el que un mínimo tropiezo marca el abismo que lleva a la deserción. En la Cuenca XV los tiros por la noche son tan habituales como los chicos que toman cerveza a las diez de la mañana.
Mayra necesitaba aprobar matemática. Pero no había caso; no entendía. El día del examen acudió al único que sabía que la iba a ayudar. Arrugó la hoja y se la escondió debajo del buzo. Pidió permiso para ir al baño y corrió hasta la sala de profesores. "Por favor profe, déle, ayúdeme", le suplicó a Fuentealba.–Está bien, pero lo hacemos juntos –, le respondió él. El tiempo corría y Mayra empezó a desesperarse. "Al final terminó haciéndome el examen él. Yo escribo medio chueco y hasta los números todos torcidos me hizo para que el otro profesor no se diera cuenta."
EL VERGONZOSO
El año pasado, para la fiesta de la primavera, lo eligieron el Rey de la Escuela, con coronita y coro de chicas que a grito pelado pedían que lo "tiren a la hinchada". Justo a él, que nada lo ruborizaba más que el suspiro de sus alumnas cuando lo veían pasar. Era alto y buen mozo. Sobresalía del resto, pero por otras cosas. Carlos Fuentealba era de esos maestros desconocidos y silenciosos que nos recuerdan por qué, alguna vez, la palabra maestro provocó respeto.
Nidia Real terminó el secundario el año pasado. Tiene 35 años y dos hijos. Ella lo eligió para que le diera el diploma. "Siempre me decía: 'Vos tenés un potencial enorme, tenés que seguir estudiando'. Jamás nadie me dijo algo así. Ni mis hermanos... Ellos se burlaban de mí porque yo empecé a estudiar de grande, pero él no. Siempre te decía que tenías que pelear por tu futuro."
Nidia y Valeria hicieron juntas todo el secundario, sentadas una junto a la otra. Nunca pudieron contarle que siguen estudiando.
El CPEM 69 era una de las tres escuelas donde enseñaba Fuentealba.
Pero fue allí donde pasaba la mayor parte de su tiempo, donde escuchó sobre mal de amores y peleas adolescentes. Donde tuvo que mediar cuando los chicos tomaron el colegio porque las viandas llegaban podridas y se sumó a las quejas cuando arañas peludas invadían su clase.
En una de las carteleras, en un papel escrito a mano, están los horarios para este año: "Martes de 18 a 19.10, Química, Fuentealba". En la pared de enfrente, un afiche con su foto pide justicia.
Maxi tiene seis hermanos y juega en el Deportivo Cuenca. Tiene un hablar dulce y armonioso. La mirada se le pierde entre el paisaje de bolsas de basura que vuelan sobre la barda. Con el viento, muchas terminan enroscadas en el alambrado del colegio.
"El siempre nos contaba de cuando trabajaba como albañil y a la noche estudiaba. Era nuestro ejemplo. Para mí era como un padre –solloza Maxi–... Nadie me ha hablado como él. Era una persona decente, eso quiero resaltar: era de-cen-te. Yo no entiendo por qué se pierde una vida así, por un salario de porquería."

sábado, mayo 05, 2007

Madres cumple 30 años

Esta es la reproducción de una nota publicada en el colectivo La Vaca de abril.
Vale la pena leerla.

Había una vez 14 mujeres
Hace 30 años 14 mujeres cuyo oficio central había sido el de madres y amas de casa, se encontraron en la Plaza de Mayo. Era sábado, no había casi nadie, pero allí nacía uno de los movimientos sociales más importantes de la historia. Frente al horror en estado puro, la desaparición de sus hijos, lograron lo que parecía inconcebible: transformaron el dolor en acción. ¿Cómo lo hicieron? Esta es la apasionante historia de una gesta a través del texto elaborado por lavaca a pedido de Hebe de Bonafini, presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, para el documental 30 Años de vida venciendo a la muerte. Un recorrido por la historia de las últimas décadas, y algunas cuestiones prácticas sobre los tejidos, las territorios, las brujas y los alumbramientos.
Había una vez un país con nombre de mujer, donde la muerte andaba suelta persiguiendo a los sueños, acorralando a la vida. Y en ese país de nombre plateado, los sueños y la vida tuvieron que aprender cómo enfrentar a los verdugos. La historia suele ser infinita, ¿Cómo contarla? Habría que hablar de un siglo XX Cambalache, que empezó con el país granero del mundo, con trabajo para pocos, democracia para pocos, dinero para menos, alguna ilusión de tiempos mejores, seguida de décadas infames. Surgió luego un gobierno que generó una expectativa de más justicia, y más democracia. La política empezaba a estar en las calles, en las plazas, en la cabeza y en el corazón de cada persona. Ese gobierno fue tumbado en 1955 por los poderes económicos, políticos y militares de siempre. Poco antes los golpistas habían bombardeado con la aviación militar a transeúntes inocentes en plaza de Mayo. Más de 300 muertos. Que hubiera más igualdad de oportunidades, o mejor distribución de la riqueza, era una maldición que había que mutilar. Tierra extraña; aquí siempre hubo una envidia al revés. Los ricos envidiaron a los pobres, odiaron que los pobres pudiesen mejorar. En 1956 aquella dictadura fue pionera: secuestró ilegalmente a decenas de personas acusándolas de planear una rebelión. Los militares ordenaron los fusilamientos en los basurales de José León Suárez. Fue la Operación Masacre, como la llamó Rodolfo Walsh en un libro inolvidable. Lo que nadie sabía, ni siquiera Walsh, es que la Operación Masacre apenas empezaba. Poco después, en una pequeña isla del Caribe frente a las narices de los Estados Unidos, hubo una revolución que se proclamó socialista. Los militares argentinos temieron que esa revolución fuese contagiosa, y gatillaron sus armas junto a los de todo el continente. Siguieron los tiempos de proscripción política, censura, gobiernos civiles derrocados, gobiernos militares que se iban tumbando entre ellos, mientras las fuerzas armadas actuaban como tropas de ocupación en su propio país, como trincheras contra la democracia, en nombre de la lucha contra el socialismo. Frente a eso, crecía la resistencia de quienes que no se resignaban al silencio, la censura, ni al olvido. Resistían los mayores, con una especie de nostalgia por el pasado. Y resistían también los jóvenes, como añorando el futuro, pero un futuro que querían construir con sus propias manos. Un argentino que había puesto la mente y el corazón para aquella revolución en la isla del Caribe, fue capturado y fusilado cuando quiso hacer algo parecido en Bolivia. Le decían Che. Los que lo mataron no sabían que lo estaban inmortalizando. El mundo se ponía violento. En todo el planeta oleadas de jóvenes salían a reclamar justicia, igualdad, rechazo a la guerra y la muerte, un mundo distinto. En la Argentina las dictaduras seguían tropezando con las resistencias. Hubo un Cordobazo, un Rosariazo, la juventud se movilizaba pintando paredes y pintando proyectos. La democracia seguía presa. La violencia militar seguía libre. Nacieron las organizaciones guerrilleras, que quisieron agregarle armas a toda esa resistencia. Tal vez esta historia haya que comenzarla, entonces, en 1972. El 22 de agosto en Trelew hubo una nueva versión de la Operación Masacre. Allí habían detenido a miembros de varias agrupaciones guerrilleras. Fueron acribillados a balazos, indefensos, con el falso pretexto de un intento fuga. Mataron a 16. Hubo tres que sobrevivieron por milagro, y contaron lo que había pasado. Tal vez en aquel momento, cuando el crimen fue evidente, los estrategas militares empezaron a diseñar la represión del futuro: matar sin evidencias. Las movilizaciones protagonizadas fundamentalmente por la juventud, empezaban a ser gigantescas. La trinchera militar no soportó la correntada de tantos sueños, y en 1973 la vida pareció cambiar. Una multitud obligó a liberar a los presos políticos. La ilusión no duró demasiado. Fue una danza alucinada. Cámpora ganó las elecciones. Volvió Perón. En Ezeiza las patotas de la derecha peronista acribillaron a las columnas juveniles. Perón apoyó a esos grupos, contra la juventud. Cayó Cámpora. Asumió Lastiri que era el yerno de José López Rega. López Rega era ex policía, nazi militante, secretario privado de Perón, ministro de Bienestar Social, y astrólogo esotérico. Como si su brujería funcionara, concentró cada vez más poder. Lastiri llamó a nuevas elecciones que ganó Perón. Ocho meses después, murió Perón y asumió su esposa Isabel. La sociedad miraba aturdida, mientras el sistema de la muerte se instalaba alrededor de López Rega, que organizó a los matones policiales, militares y a las patotas de la derecha, para crear un monstruo al que llamaron Triple A. Alianza Anticomunista Argentina. La Triple A era un escuadrón de la muerte, un grupo paramilitar con vía libre para salir a matar. Estudiantes, intelectuales, sacerdotes, artistas, sindicalistas, obreros: la sucesión de fusilamientos se hizo cotidiana, el terror empezó a ser la genética de cada día. La lista es macabra. Cientos de víctimas. Por recordar algunos: Rodolfo Ortega Peña, diputado nacional y abogado de presos políticos. Carlos Mujica, sacerdote del Tercer Mundo, Silvio Frondizi, uno de los principales intelectuales que dio la izquierda argentina, Julio Troxler, que había sobrevivido a los fusilamientos de 1956. Atilio López, uno de los dirigentes del Cordobazo, que durante la breve etapa camporista fue vicegobernador de Córdoba. Los bombardeos en Plaza de Mayo y la matanza en los basurales habían sido premoniciones. Los fusilamientos de Trelew fueron una secuela. La Triple A fue el perfeccionamiento del crimen mafioso. Pero ahora imaginemos. Imaginemos por un momento que hubiera miles de masacres como las de los basurales de José León Suárez. Imaginemos que hubiera de pronto miles de fusilamientos como los Trelew. Y miles de Triple A matando por las calles con absoluta impunidad. Eso fue la dictadura militar, cuando los militares dieron el golpe de Estado para imponer la máquina de matar corregida y aumentada al infinito. Fue hace exactamente 30 años. Le pusieron un nombre que sería cómico, si no fuera tan patético. Proceso de Reorganización Nacional. El comunicado número uno que emitieron decía: Se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta de Comandantes Generales de las FF.AA. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones. Más que nunca, la muerte andaba suelta persiguiendo a los sueños, acorralando a la vida. Pero esta vez, además, inventaron una especie de acto de magia superior a los de López Rega. La magia más perversa que alguien pueda imaginar. No más bombardeos, ni basurales, ni fusilamientos en cárceles, ni homicidios mafiosos a la luz del día. Los perseguidos, las víctimas, iban a desaparecer. No iban a estar más: secuestrados y esfumados de la noche a la mañana. Los militares creían que al no haber cuerpos, al no haber pruebas ni quedar en evidencia, nadie podría acusarlos de crimen alguno. Eso es el terrorismo de Estado. Las Fuerzas Armadas se dedicaron a la muerte clandestina, mientras en público sus jefes iban a misa a ser bendecidos, a comulgar, y a la salida sonreían. En sus discursos hablaban de la ley, el orden, la paz y el progreso. Empezó la cacería. Zonas liberadas, gritos en la noche, secuestros de gente indefensa, la absoluta desaparición de la justicia. Hay bibliotecas enteras que podrían leerse para entender lo que pasó. Pero hay también una carta. Apenas un año después del golpe Rodolfo Walsh –otra vez- escribió en la clandestinidad su Carta abierta a la Junta Militar, donde explicó lo que nadie se atrevía a decir. Hablaba de un lago cordobés convertido en cementerio lacustre. De personas arrojadas desde aviones militares al Río de la Plata, cuyos cadáveres afloraban en las costas uruguayas. Denunciaba un sistema de tortura absoluta, intemporal y metafísica, aplicada tanto con métodos medievales como el potro o el torno, como con la tecnología de la picana eléctrica, para machacar la sustancia humana. Hablaba de las guarniciones y comisarías convertidas en campos de concentración. De las mentes perturbadas de los militares que torturaban. Decía, apenas un año después del golpe y en medio de la censura y el terror: “Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror”. Pero hay otro párrafo, que cada día se entiende mejor. Le decía a los militares: "Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada". Ahí estaba la clave para entender el crimen: la miseria planificada. Walsh fechó esa carta el 24 de marzo de 1977, distribuyó varias copias, y un día después fue secuestrado por los militares. Nunca más se supo de él. Es otro desaparecido. --------------------------- En esa noche, hubo un parto. En medio de la oscuridad, un alumbramiento. Nació una historia. Muchas madres y padres salieron a buscar a sus hijos. Salieron de sus casas, salieron del útero de su rutina habitual a enfrentar al aparato represivo más imponente de la historia del país. Llevaban impresas en la piel la desesperación y el amor, y de allí les nació el coraje. Recorrieron hospitales, caminaron juzgados, se atrevieron a ir a comisarías y cuarteles. Buscaron a las morgues. Nadie sabía nada. La ley del silencio. Cada día era la esperanza de una noticia. Cada noche era la frustración del silencio. Los padres varones, de a poco, volvieron a sus trabajos. La mayoría de las madres eran amas de casa: tenían intacto el tiempo y la sensación de que no había otra cosa que hacer que dedicar cada hora, cada minuto y cada segundo de vida a la búsqueda. Estaban solas, moviéndose, preguntando inútilmente, aturdidas por tanto silencio. De a poco, empezaron a cruzarse por los mismos laberintos, a reconocerse y a descubrir que había otras que compartían esa especie de señal que cada una llevaba como un código secreto en la mirada: la desesperación y la incertidumbre. Ese fue un primer triunfo contra el aislamiento. Comenzaron a encontrarse, reunirse, acompañarse. Estar juntas fue el modo de escaparle al terror de estar solas. Pero fue mucho más que eso. Un día, esas mujeres se descubrieron a sí mismas en una iglesia militar, donde un cura psicópata les recomendaba santa paciencia y las confundía con rumores, insinuaciones y desinformaciones. Intuición femenina: les estaban mintiendo sistemáticamente, nadie hacía nada por salvar a sus hijos. Una de esas mujeres dijo: Basta. Y dijo: tenemos que ir a la Plaza de Mayo, tenemos que hacer ver y oír lo que nos pasa. Era una mujer con nombre de flor. Y ese grupo de mujeres decidió que Azucena Villaflor tenía razón: su lugar sería la Plaza de Mayo. La plaza sería el territorio de estas madres. No tenían oficina, pero habían encontrado un lugar espacioso, aireado, iluminado y muy céntrico. No tenían sillones mullidos, pero había bancos de plaza. No había escritorios, pero tenían las faldas para apoyar allí las carpetas, expedientes, cuadernos o que hiciera falta. No tenían alfombras, sólo baldosas y unas palomas revoloteando. No tenían recepción, pero podían verse de lejos mientras iban llegando. No tenían teléfonos, pero se pasaban papelitos con mensajes, informes, o futuros puntos de encuentro. Ocultaban esos mensajes en ovillos de lana, por si la policía o los militares se les cruzaban en el camino. No querían que las descubrieran. Ya que tenían los ovillos, llevaban agujas y tejían en la plaza, mientras iban pasándose información, inventando qué hacer, cómo buscar, cómo evitar la impotencia de no hacer nada. Penélope tejía esperando el regreso de su marido. Ellas tejían juntas las acciones para buscar a sus hijos y denunciar lo que estaba pasando. La primera vez fue el sábado 30 de abril de 1977. Eran sólo 14 en la Plaza de Mayo. Como no había casi nadie, decidieron volver el viernes siguiente. Después, una de las madres avisó, como atajándose de los malos augurios: “Viernes es día de brujas”. A la semana siguiente empezaron a encontrarse los jueves, el día que nunca más abandonarían, para escaparle a las brujas. La policía empezó a desconfiar. Por el Estado de Sitio, se impedía cualquier reunión de tres personas o más, por ser potencialmente subversiva. Para decir la verdad, en este caso tenían razón: buscar la vida era subversivo. Como pájaros de uniforme, los policías empezaron a revolotear alrededor esas mujeres que hablaban y tejían de los asientos de la plaza. Ordenaron: “Caminen, circulen, no se pueden quedar acá”. Ellas se pusieron a caminar y a circular alrededor del monumento a Belgrano, en sentido contrario a las agujas del reloj: como rebelándose contra cada minuto sin sus hijos. Marchaban, cada jueves, en las narices del gobierno dictatorial más temible. La plaza ya era el territorio de las Madres. Algunos periodistas extranjeros descubrieron esas raras vueltas y vueltas. Consultaron a los militares. Les contestaron que eran unas mujeres trastornadas, unas Madres Locas que andaban buscando a gente que no estaba en ningún lado. Gran parte de la sociedad prefería no darse por enterada. La censura bloqueaba orejas, cerebros y corazones. Las madres locas eran las únicas que parecían cuerdas, tejiendo y circulando al revés que las agujas del reloj. En octubre de 1977 se sumaron a la peregrinación a Luján, que congregaba a un millón de jóvenes. El problema era cómo encontrarse y reconocerse en la multitud. Alguien propuso que todas se pusieran un pañuelo del mismo color. Lo del color era un problema, pero entonces una de las madres tuvo una ocurrencia: ¿Por qué no nos ponemos un pañal de nuestros hijos? No existían los pañales descartables y la mayoría de las madres todavía guardaba los de tela, tal vez pensando en los nietos. Frente a la Basílica, reclamaron y rezaron por los desaparecidos. Todos los que estuvieron pudieron verlas, identificadas con los pañales blancos en sus cabezas. Poco después hubo una marcha de los organismos de derechos humanos, que terminó con 300 personas detenidas, incluidos –por error- varios periodistas extranjeros. Gracias a tanta eficiencia, el mundo empezaba a enterarse de lo que ocurría. En la comisaría las Madres rezaban Padrenuestros y Avemarías. Los policías no se atrevían a incomodar a mujeres tan devotas. Entre rezo y rezo, haciendo cruces, miraban a los uniformados, les decían “asesinos”, y seguían rezando. Amén. El hecho de reunirse, romper el aislamiento, buscar a sus hijos, se convirtió en sí mismo en un delito. Diciembre de 1977, un oficial de la marina que se hacía pasar por hermano de un desaparecido organizó el secuestro y desaparición de tres de las madres, dos monjas francesas y otros familiares y amigos. Así era el coraje militar. Las madres estaban organizando la colecta para publicar una solicitada el 10 de diciembre, denunciando las desapariciones. El 8 de diciembre secuestraron a Esther Careaga y a Mary Ponce de Bianco en la Iglesia de Santa Cruz, junto a ocho personas más, incluida la monja francesa Alice Domon. Esther era paraguaya. Ya había encontrado a su hija adolescente, a la que los militares habían liberado. Las otras madres le habían pedido que volviera a su casa, que ya no se arriesgara más. Esther no les hizo caso, decidió seguir junto a ellas hasta que encontraran a cada uno de sus hijos. Dos días después, desapareció la mujer con nombre de flor. El terror de aquellos tiempos superó todo lo imaginable. Desaparecían quienes buscaban a los desaparecidos. Pero los militares habían sido selectivos: secuestraron a quienes todas siempre consideraron “las tres mejores madres”. Sin Azucena, había que elegir: seguir, esconderse, o volverse a casa. Para las madres no hubo demasiadas dudas: ahora no solo debían buscar a sus hijos e hijas, sino también a sus amigas y compañeras. Lograron sobreponerse a la parálisis y al terror, para seguir su marcha. Azucena había parido la idea de que las madres se organizaran para nunca más estar solas en su lucha. Y había dicho algo: “Todos los desaparecidos son nuestros hijos”. Así estaba socializó la maternidad, potenció a cada madre y le dio grandeza a cada minuto de resistencia. Llegó el Mundial 1978. El fútbol tapando de gritos y sonrisas la realidad, mientras a pocas cuadras de la cancha de River seguían torturando gente en la ESMA. El mundial fue oxígeno para los militares: para seguir matando y seguir castigando cada vez a más gente con la miseria planificada. Las madres cambiaron sus lugares y horarios de reunión. No todos los jueves iban a la Plaza, para evitar que las detectaran. Cuando iban, la policía les largaba los perros. Cada una llevaba un diario enroscado para sacarse a los perros de encima, una de las pocas cosas útiles para las que servían los diarios de esa época. Muchas veces detenían o demoraban a alguna de ellas en las comisarías. Se les ocurrió una idea: cuando una iba presa, se presentaban todas y pedían ir presas ellas también. Los policías veían llegar a decenas y decenas de mujeres que exigían ser encarceladas junto a su compañera. Una vez fueron tantas las que exigieron ser detenidas, que tuvieron que llevarlas en un colectivo de la línea 60. Madres locas, dirían los policías, que no sabían bien qué hacer: muchas veces las soltaban para sacárselas de encima. Cuando en la Plaza le pedían documentos a una, todas las demás se acercaban a la policía a entregar también los suyos. Cientos de documentos, cédulas y libretas cívicas, que la policía tenía que verificar. De paso, las madres se quedaban más tiempo en la plaza. En 1979 llegó al país la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. También el fútbol jugó en contra. El mundial juvenil tenía a todos pendientes de Maradona, y los militares aprovecharon para que relatores de fútbol y periodistas radiales llamaran a la gente a Plaza de Mayo, y que de paso repudiaran a quienes hacían cola para declarar ante la Comisión. Querían mostrar lo que llamaban “la verdadera imagen del país”. Decían: “los desaparecidos algo habrán hecho”, o “por algo será que se los llevaron”. Los hinchas, sin embargo, no molestaron a los que estaban esperando para hacer sus denuncias. Ya era la época de la plata dulce, la fiesta de las multinacionales, el dólar barato, miles de argentinos gastando en el exterior lo que nunca habían sabido ganarse, gracias a la miseria planificada de millones. Los diarios y las revistas no sólo censuraban la información para defender su negocio, sino que hacían campañas por los militares: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Confirmado: nunca hay que subestimar la estupidez humana, la capacidad de negación, el tamaño de la crueldad. En ese 1979 hubo otro parto, otro alumbramiento: las Madres decidieron crear la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Si todas estaban en peligro, esa era una forma de mantener la lucha viva. La casualidad, o el destino, determinaron que la asociación fuese creada en una fecha imposible de olvidar: 22 de agosto. Habían pasado siete años de la masacre de Trelew, aunque parecían siete siglos. Los militares asesinos argentinos inventaron un conflicto contra los militares asesinos de Chile, que a todos les servía para ganar tiempo en el poder. En esos días fue muy próspero el negociado de la fabricación de ataúdes, hasta que el Papa intervino. Secuestros clandestinos y desapariciones en la noche, permitían mirar para otro lado. Guerra abierta entre gobiernos tan vecinos y tan beatos era demasiado. Hasta para el Vaticano. Amén. Seguían encontrándose en plazas y bares. Para que no las descubrieran cambiaban el nombre. Si iban a ir a Las Violetas, decían Las Rosas. Ellas mismas llevaban en sus carteras las carpetas, las denuncias, los expedientes. Recién en 1980, gracias a los apoyos internacionales, las Madres pudieron tener una oficina. Pero también ese año decidieron volver a su territorio, la Plaza de Mayo, para nunca más abandonarla. Fueron un jueves, al jueves siguiente las estaba esperando un escuadrón entero, con las armas gatilladas. Ellas cambiaban el horario, circulaban por donde no las veían. Poco a poco envolvieron a la Pirámide de Mayo con sus marchas que nadie podía detener. Llevaban diarios enroscados. Pronto aprendieron de sus hijos, y llevaban también botellitas de agua y bicarbonato por si las esperaban con gases lacrimógenos. No necesitaban gases para llorar. Pero habían decidido transformar el llanto en acciones. Los militares eran la rigidez y la violencia. Las madres eran la fluidez y la energía. Los militares y la policía eran la muerte. Los verdugos. Las madres eran la vida. Se editó el primer boletín de Madres, se iba ganando apoyo afuera y adentro. Los militares llamaron a los viejos políticos a dialogar, como abriendo el paraguas frente a la crisis económica y a su propio desgaste. Pero las Madres estaban simbolizando dónde estaba la verdadera política, y quiénes eran sus nuevos protagonistas. En 1981 lo demostraron retomando la Plaza y haciendo la primera Marcha de la Resistencia. Solas, pocas, pero juntas, resistiendo 24 horas seguidas. Vinieron épocas de ayunos, de tomas de iglesias y catedrales. Los jóvenes, sobre todo, se conmovían. Nació la consigna “aparición con vida”. El 30 de abril de 1982, hubo manifestaciones de protesta en Buenos Aires contra la situación económica, la miseria planificada, con la policía reprimiendo a todos. Dos días después, se llenó la Plaza de Mayo para aplaudir a los militares que habían invadido Malvinas, creyendo que así se iban a reciclar en el poder en una especie de brindis perpetuo. Las Madres dijeron que la guerra era otra mentira. Los militares que secuestraban cobardemente, torturaban clandestinamente y asesinaban tirando cuerpos al río, no podían convertirse de un día para otro en patriotas impecables y valerosos guerreros. Por decir eso, acusaron a las Madres de antinacionales. Ellas inventaron un cartel: “Las Malvinas son argentinas. Los desaparecidos también”. Muchos que acompañaban a las Madres las criticaron: había que estar del lado de la guerra, del lado de los militares. El tiempo mostró quién tenía razón sobre los guerreros, entre ellos el mismo que había delatado a Azucena, Esther y Mary. La derrota de los militares resucitó la posibilidad de la democracia. Se abrió la multipartidaria, formada por cantidad de partidos y políticos muchos de los cuales, durante los tiempos más duros de la represión, habían sido expertos en el arte de callar. En 1983 hubo elecciones, Alfonsín llegó a la presidencia, y las madres hicieron la marcha de las siluetas para que nadie olvidara a los ausentes. En los afiches decían que esos hijos desaparecidos habían luchado por la justicia, la libertad y la dignidad. El gobierno formó la CONADEP, la comisión nacional para la desaparición de personas. Las madres desconfiaron, no quisieron integrarla. Siempre prefirieron la calle, y no las comisiones. Crearon un periódico, la Asociación iba creciendo y seguía reclamando aparición con vida y castigo a los culpables. En 1985 Alfonsín las citó, pero luego no las atendió porque tenía que ir al Colón, según la explicación oficial. Las Madres tomaron la Casa Rosada, y se quedaron ahí instaladas como forma de resistencia pacífica. Esas acciones mostraban la grieta entre los discursos sobre los derechos humanos que hacía el gobierno, y la realidad. Y mostraban cómo el protagonismo político se desplazaba de los políticos de museo, a los movimientos generados en la sociedad para enfrentar los problemas tomando las riendas de sus propias decisiones. Se hizo el juicio a las Juntas, pero sólo hubo dos condenas a prisión perpetua. Las de Videla y Massera. Los otros jefes militares recibieron penas bajas, o fueron absueltos. Las Madres opinaron del siguiente modo: se levantaron y se fueron de la sala de audiencias. Seguían las acciones, marchas, escraches a los militares en sus casas, viajes y campañas en todo el mundo, la lucha contra las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, La lucha contra las rebeliones de Semana Santa y de los carapintadas La marcha de las manos, La marcha de los Pañuelos, cuando taparon la casa de gobierno de pañuelos blancos, los premios internacionales. El apoyo a los conflictos, a las huelgas, a los reprimidos y a los perseguidos. Empezaban a hacer propia una idea: el otro soy yo. Las Madres, además de denunciar lo que había ocurrido con sus hijos, hicieron otra cosa: comenzaron a levantar las mismas ideas y sueños por las que esos jóvenes habían luchado. Por eso sintieron que aún sin estar, sus hijos las estaban pariendo. Aquellas amas de casa desgarradas por la desesperación, habían logrado transformar el dolor en acción y en pensamiento. Todas estas luchas se multiplicaron al infinito cuando Menem llegó a la presidencia para perfeccionar, en democracia, la miseria planificada: privatizó el país, regaló el Estado, masificó el desempleo, protegió a toda clase de mafiosos, asesinos y corruptos, y además los puso a gobernar con él. De paso indultó a todos los militares que habían sido condenados. Hubo más de lo mismo cuando subió De la Rúa, y las madres estuvieron allí, nuevamente en la plaza, el 19 y 20 diciembre, cuando ese gobierno intentó imponer el Estado de Sitio y se dedicó a reprimir a miles y miles de personas hartas de tanta decadencia y de tanta mentira. Nuevamente las plazas se llenaron de balas, y de jóvenes muertos. La historia reciente es más conocida, las Madres y su universidad llena de jóvenes, de movimiento, de conferencias, de proyectos. Las Madres y su flamante radio, para que se escuche cada cosa que hay que decir. La intervención en cada lucha contra las mafias, contra la miseria, contra la muerte. Y cada jueves, como siempre, las madres circulando, tejiendo solidaridad, construyendo este territorio de la Plaza para que sea el espacio de todos. Había una vez un país con nombre de mujer, donde la muerte andaba suelta persiguiendo a los sueños, acorralando a la vida. Y en ese país de nombre plateado, los sueños y la vida tuvieron que aprender cómo enfrentar a los verdugos. Las madres están dejando esa herencia. Cómo convertir al dolor, en acción. La parálisis y el miedo, en lucha. La desesperación, en coraje. Las lágrimas, en acciones. Para acorralar a la muerte, como el primer día: tejiendo luchas, haciendo circular los sueños, y alumbrando la vida.